Cada mañana, Andrés sale de su casa apurado para llegar al trabajo. Antes de subir al auto, revisa el celular: ningún mensaje nuevo. Suspira, pero no se relaja del todo.
Su mamá tiene 78 años y vive sola. No está “enferma”, pero ya no es la misma de antes. A veces se le olvidan cosas simples. Otras veces suena cansada al teléfono. Andrés lo sabe, pero también sabe que no puede estar ahí todo el día. Mientras conduce, una pregunta se repite en su cabeza, casi como un ruido de fondo constante: “¿Y si pasa algo cuando no estoy?”
Ese miedo no siempre se dice en voz alta. Se acumula. Se vuelve ansiedad. Se cuela en el trabajo, en el sueño, en los fines de semana. Y muchas familias viven así, en silencio.
Cuando empiezas a darte cuenta de que no es solo preocupación
Al principio, Andrés pensó que exageraba.
Que era normal preocuparse. Que su mamá “todavía podía sola”.
Pero con el tiempo empezó a notar cómo ese estado de alerta permanente lo estaba afectando: dormía mal, revisaba el celular a cada rato, le costaba concentrarse. Incluso cuando estaba con ella, no disfrutaba el momento. Siempre estaba atento a lo que podría pasar.
Fue ahí cuando se hizo una pregunta distinta, más honesta: ¿Esto es cuidado… o es miedo sostenido en el tiempo?Buscar información y hablar con otras personas en situaciones similares fue el primer paso. Y aunque no tomó una decisión inmediata, algo cambió: dejó de sentirse exagerado, débil o culpable por necesitar apoyo.
Vivir en hipervigilancia también tiene un costo
Muchas hijas e hijos adultos viven en un estado de hipervigilancia constante sin darse cuenta:
- Revisan el teléfono de forma compulsiva.
- Se despiertan varias veces en la noche “por si acaso”.
- Les cuesta concentrarse en el trabajo.
- Sienten culpa cuando hacen planes propios.
- Viven con ansiedad, aunque “nada grave” haya pasado aún.
Este miedo silencioso no aparece porque no quieras a tu familiar, sino porque te importa.
El problema es que sostenerlo solo, durante meses o años, termina desgastando profundamente a quien cuida.
Errores comunes que muchas familias cometen (con buena intención)
En este punto, es normal caer en algunos patrones:
- Minimizar las señales: “Siempre ha sido olvidadizo”, “es parte de la edad”.
- Postergar decisiones: esperar a que ocurra algo grave para actuar.
- Creer que pedir ayuda es fallar: sentir que deberías poder con todo.
Uno de los mayores miedos es pensar que buscar apoyo hará sentir al adulto mayor “dependiente” o “invadido”.
Pero acompañar no es controlar, y apoyar no es quitar dignidad.
Muchas veces, la presencia de alguien capacitado algunas horas al día reduce riesgos, aporta compañía y devuelve tranquilidad tanto al adulto mayor como a su familia.
Y, sobre todo, rompe ese estado de alerta permanente que tanto desgasta.
Pedir ayuda también es cuidar
Si te sentiste identificado con este miedo silencioso, no estás solo. A muchas familias les pasa, aunque no siempre lo digan.
Informarte, conversar y explorar opciones no te obliga a nada. Solo te permite tomar decisiones con más calma y menos culpa. En Kipers, acompañamos a familias que están en este punto: escuchamos su situación y las ayudamos a evaluar alternativas de cuidado que se adapten a sus necesidades reales, sin presiones ni soluciones únicas.
Posts recientes
.png?width=600&height=300&name=CTA%20GU%C3%ADA%20ESENCIAL%202026%20para%20encontrar%20apoyo%20seguro%20y%20profesional%20(1).png)
Comments